Pasaba sin mayor preocupación al sexto grado de primaria y de entrada me condenaron a asistir al turno vespertino, de mala gana acepté ir a clases en la tarde so pretexto de que me acortarían las horas para jugar y me mentalice para el cambio que suponía asistir al turno "mayor" del colegio.
Dejaba atrás la chiquillada y me preparaba para entrar al círculo de machos dominantes colegiales y debía verme como tal, hacer notar mi presencia desde las épocas primigenias de mi entrada a la puerta inevitable de la secundaria.
El colegio Amazónas lucia viejo por las lluvias, lucia aún de tres pisos y por dentro parecía un campo de batalla, donde los albañiles, so encargo de expandir las aulas, habían derribado muros y más muros.
Yo era feliz en medio de la ruina, y a pesar de querer pasar inadvertido, mi condición de primate primarioso, los profesores se encargaron de todo lo contrario.
Juntaron a quinto de secundaria con sexto de primaria, salones enjuntos, bulla de niños queriendo convertirse en adolescentes, bulla de adolescentes queriendo ya hacerla de adultos, todos coludidos bajo una sola insignia, la de la experimentación, la del mayor y menor grado que nuestros subconscientes podrían entender.
La ví saliendo de clases mientras yo tomaba alguna gaseosa para aplacar la brutal sed que la tarde charapa sabe proferir a quienes viven bajo su seno, la vi riéndose y haciendo chacota con sus compañeros de clases y simplemente me quede mirando como cuando un devoto mira al Señor de los Milagros y se queda pasmado.
Había descubierto a mi musa juvenil, había encontrado el nombre que le buscaba a mi poesía, había encontrado la cara que necesitaba descubrir en medio de tantas releidas a libros vetustos que mi abuela se encargó de regalarme, y es que la lectura aviva del deseo de descubrir y madurar a la fuerza, y yo había caído preso de aquella musa, de aquella musa de literatura.
Pasó el tiempo y tras fuerza de hacerme notar, tras fuerza de estar los salones juntos y tras fuerza de parecer el sobrino que toda tía apapacha y engríe, pues al final nos hicimos amigos, no se cómo, pero pasó.
Me saludaba casi siempre con un besote sonoro en cada mejilla y se reía de mis chistes tontos de primarioso, afanoso, caminábamos incidentalmente a la salida del colegio, me abrazaba mientras me contaba de sus cosas de mujeres, de que nadie la escuchaba y de que se sentía bien de que yo lo hiciera, lloraba en mi hombro infantil cuando a veces discutía con su mama y yo me sentía feliz y horondo de que aquella bella dama me tuviera en cuenta para aplacar sus dolores juveniles con este pechito.
Y ella no tenía enamorado, al menos eso parecía.
Y yo era feliz por que me consideraba ese enamorado que suponía ser.
Sin besos ardientes ni caricias escondidas, sin tactos cuerpo a cuerpos y sin siquiera palabras subidas de tono, nada de eso existía entre los dos, y es que mi idea escolarizada aún tenia la inocencia de lo que en el fondo consistía ser un enamorado de verdad, sentía que ella me daba cabida en sus sentimientos, y yo era feliz en ese paraíso fantasioso generado por mi trabajadora imaginación.
Siendo las seis de la tarde salía rumbo a mi casa, las puertas del colegio se abrían y dejaba que la estampida escolar tomara la calle aledaña y el pueblo estudiantil desparramara su alegría, propia de la muchachada de toda época escolar, al parecer caminaba sólo ya que había discutido con un buen amigo del salón, tenía una apuesta de Atari con el y se hacia el loco al momento de cancelar la afrenta y se había reído al decirme que me lo pagara ella, y salí caminando pausadamente sin prisa del colegio.
Caminaba ya un par de cuadras cuando vi a dos escolares secundariosos enfrascados en un beso atornillante, en un beso digno de una postal inocentona de colegio, en un beso expectorante por ratos, como cuando el dentista revisa las paredes internas de tu cerebelo y hace chistar tus dientes.
Era mi musa, mi musa con el que era su adonis del momento, vale decir, el enamorado en cuestión, aquel que se suponía debía ser yo, era algún tonto de su salón que le prodigaba los besos que yo debería andarle repartiendo a mansalva, era algún hijueputa que me estaba robando las caricias de sus labios que ahora debían saber tan saber a sabores celestiales.
Me quede parado como una estatua mirando tamaña muestra de afecto, me quede observando cómo es que se debe besar de verdad a una dama y como por donde deben ir la manos mientras aquello sucede.
Al parecer mi largirucha presencia se hizo notar ante los enamorados del momento y ambos me miraron y sonrieron al unísono, como burlándose de la mirada atónita que les regalaba en ese momento, mientras ella se ruborizaba y abrazaba al muchacho en cuestión. Instintivamente proseguí mi marcha hacia casa, ya sin mirar atrás, caminando ya sin pensar siquiera, ya sin respirar siquiera, ya sin tener ganas de lo más mínimo y sólo sintiendo como mis autómatas pies me llevaban por donde quisieran.
Torne mis sonrisas en hoscas miradas y acaso sonrisas furtivas en tono burlesco cuando ella ,por algún accidente de la naturaleza se me acercaba, el mundo como yo lo conocía hasta ese momento habíase tornado gris, a pesar de la gran maraña de calor que me torturaba diariamente en mi amada/odiada ciudad.
Terminó el año escolar y entre victorioso al círculo secundarioso, las hormonas iban en camino de activarse a modo de olla a presión y las ganas de redescubrir sentimientos salían a flor de piel, como cuando llueve por dentro y exudas emociones sin parar.
No volvimos a hablarnos más luego de aquel incidente en aquella calle, ella inteligentemente dejo de hablarme y fue lo mejor, ya que mi obcecada mente aún no entendía el tamaño y el significado de los sentimientos en ese momento, no entendía que el amor no se limitaba a ideas propias, fruto de lecturas ávidas de literatura momentánea, simplemente no entendía un carajo.
Caminando por la calle mucho tiempo después, sumergido en ideas propias del cotidiano día y de mis juveniles años aún, sentí la presión de una suave mano sobre mi antebrazo, presión suave y decidida a la vez, giré sobre mis pasos y me encontré de cara con su mirada escrutadora y afable, simplemente atiné a abrazarla fuertemente y a oler su inconfundible aroma a flores silvestres, mencione su nombre muchas veces y me reí quedamente, ella me sonrió en modo cielo abierto, con ese destello que emanaba siempre de sus ojos pequeños y me dio un besote en plena frente, me dijo que siempre se acordaba de mí, que como estaba yo? que si me iba bien ya en la secundaria?, que como estaba mi mama, que siempre se acordaba de aquel platillo que a mi mama le salía tan rico.
Yo ya no escuchaba nada, el tiempo se había detenido y solo miraba esos labios moverse, labios que nunca había podido besar, labios que me habían sido prohibidos por ser demasiado púber para probarlos, o simplemente porque ella me consideraba como el hermano menor que nunca había tenido.
Me abrazó y me dijo que se iría a vivir a Colombia con su enamorado de turno, y que se iba con el mejor de los regalos al haberme vuelto a ver después de tiempo, y que deseaba que yo encontrara la felicidad en su momento, y que no me apresurara por que era muchachillo aún y que ya me encamotaria en serio, como debería ser.
Y me quede con su promesa, todo llegaría en su momento, y ella siempre sería mi musa, el motivo de seguir leyendo y de seguir creyendo en algún sentimiento inocente, sentimiento inocente que no ha vuelto a ver la luz de algún sol.
De ningún sol.