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4/15/2009

Adios Abuelita Amada...(ya te vere!)


Pude verte sonreir por ultima vez en nuestro Iquitos hace casi mas de medio año, pude comer tu ultimo platillo antes de viajar a nosedonde por nosecuantotiempo, mantengo tus besos y tu abrazo profundo y cariñoso en mi alma, y se me hace tan increible que apenas hace poco mas de medio año me engreias aun, como cuando era un bebe todavia. Y te me fuiste, en medio de peleas y diferencias, queriendo unir infructuosamente a toda la familia, y te me fuiste, creyendo que aun era tu primer nieto que nacia y te sonreias tanto. Y nos dejaste.

Mi luto sera por siempre amada abuelita, por que contigo muere lo mejor de toda la familia. Te Amo tanto que mis lagrimas no seran suficientes jamas.

12/22/2008

Diciembre encharcado

"- Apurate ón, tienes que seguirme y verlo con tus propio ojos!"

Eran ya las ocho y media y no sabía si moverme del enrejado de casa, aferrado a mi errónea idea o seguir los pasos de aquel compañero de clases, que, entre furibundo y excitado gesticulaba cada palabra exageradamente, como el sólo sabía expresarse, a eso aunando la premura con la que me instaba a seguirlo a aquella piscina donde tendría yo, según el , sacarme la venda de los ojos.

Corría el año noventaycuatro, a pocos meses de concluir la secundaria y a pocos meses de conocer las frías noches de despeñadero y comidas rancias sin el olor familiar, aún conservaba mucho de la inocente falencia de conocer la vida en su real magnitud, aún acunaba la silente espera de despertar a un mundo poco conocido por mi, culpa directa de remitirme a una ciudad que conservaba entre sus cuatro paredes de verde atardeceres los recuerdos y vivencias gráciles y felices de algún pasado increíble. De ese pasado, de mi pasado, de tal pasado que estaba a punto de fenecer bajo las aguas turbias de alguna piscina municipal.

Aprendí a amar entre noches calurosas, entre idas y venidas del colegio, entre paseos frecuentes a la selva y medidas de supervivencia, entre el rechazo de mi viejo hacia aquella damisela que me había abierto el corazón desmesuradamente y yo había sabido corresponder, entre miradas inocentonas y caricias prohibidas, entre la virginidad de perderlo todo en un instante y entre el beso sellando ese amor eterno que se convirtió en bandera blanca de todo aquello que alguna vez valió la pena amar realmente.

Y ya daban tres años de tener como dueña de esos sentimientos a aquella muchacha de espigadas formas, de mirada inteligente, de sonrisa grácil y manos ágiles, el rosto angelical y sonrisa enigmática, de tan lejos venirse para el sitio donde menos pensó en encallar, mucho menos donde pensó encontraría el tan mentado amor en la mente y brazos de ese muchachito cuatro años menor que ella, que lado a lado parecía tan igual y más adelantado que sus cabellos sonrosados al viento. Sinónimo casi perfecto del cuento de hadas, enlazado en promesas casi infantiles y amor a prueba de balas.

De balas de aire quizás.

Llegamos como pudimos a la puerta de alguna piscina municipal, le decía la piscina de los leones, con sirenas y bagres nadando por doquier, enfrascado en algún tipo de danza acuática y en competencias efímeras entre la gente corriente, era noche de entrenamiento de los futuros Tanantas de la ciudad de Iquitos y, nosotros como buenos intrusos nos agazapamos cerca de la malla protectora de aquel recinto, que se erguía cual templo como oda al deporte sano y meca de futuros deportistas soñadores de laureles que jamás conseguirían.

mientras estuvimos rumiando los minutos para que todos empezaran a retirarse de sus casas y vidas, empeze a meditar sobre la posibilidad de alguna equivocación, de que quizás a mi buen amigo no le hacia gracia que yo saliera con aquella muchacha que me había robado la mirada hacia tres años, de que quizás en el fondo a el le gustase y me quería hacer la camita, de que quizás el sufría de la vista y/o estaba teniendo alucinaciones post wiro que se sabía aplicar, o simplemente era un mal suelo del que pronto debería despertar por haberme caído de la cama.

Pero no.

Cuando ya todo el mundo se había marchado, dos siluetas abrazadas saliendo caminando a paso lento de aquel recinto, agarrando fuertemente las maletas que contenían las boyas separadoras de aquella piscina olímpica, aquellas maletas que contenían el secreto de miradas furtivas y sonrisas cómplices, de las cuales era yo el gran ausente.

Súbitamente el la tomo entre sus brazos, ella aún de espaldas hacia nosotros solo atinaba a sonreír, sin gesticular siquiera sonrisa alguna, lentamente el acerco su cara a ella y deposito un beso en alguna parte de su anatomía facial que no me era ajena, luego llevo sus labios hacia su aurícula y le espetó algún chiste insensato del cual ella atino a reír a carcajadas, quizás algún chiste referido a quien observaba comiéndose los mocos del llanto y la cólera de mirar tal muestra de afecto prohibido, tal muestra de pérdida de todo lo que consideraba tan suyo y tan especial, tal muestra de carcajada rabiosa a la triste y cojuda manera de creer en un sentimiento que se basaba en la simple honestidad a rajatabla y sinceridad expuesta a la sal.

Volvieron a agarrar fuertemente el bolso contenedor y se fueron perdiendo por la bruma calurosa de aquella noche iquiteña que empezaba a regalarnos una fina garúa con sabor a calor, yo seguía simplemente absorto aquellos pasos que se iban alejando de aquel lugar, simplemente veía como se desdibujaba aquel nombre que aprendí a amar en un flashback de miradas angelicales, simplemente era testigo de la pérdida de aquel tesoro que sólo me correspondía a mi por derecho propio y ganado pulso a pulso contra viento y marea, contra mi familia y la suya, contra noches sin dormir pensando en el futuro cerca del cielo perlado de aves familiares, pero con ella, no con la sombra que ahora me correspondía a su lado.

Mientras veía como mis sentimientos se ensuciaban con el lodo que la garúa, convertida en lluvia ya formaba a nuestro alrededor, y que aquellos sentimientos puros se iban convirtiendo en rabia y cólera furibunda hasta ese momento desconocidos para mi, mientras sentía esa horda de sentimientos encontrados en mi interior, mi puño empezó a cerrarse como cuando un epiléptico se retuerce en un rictus incontrolable involuntario, fue haciéndose una piedra de carne sobre sí y apretando mis propias falanges hasta el punto de sentir mis dedos herir mi propia alma, apreté tanto el puño que, en un punto muerto sólo sentí como se estrellaba aquel puño contra la cara sorprendida sobre el amigo que me había llevado a ser partícipe de mi propi entierro emocional, estrelle toda la rabia contenida en el mentón de aquel amigo que había fungido de verdugo y había soltado la cuerda de aquella guillotina de sentimientos adversos sobre mi impávido corazón.

Lo deje sentado sobre el charco de esa lluvia, mirándome como una cara de imbecilidad concentrada y gritándome que era un malagradecido, que era un tremendo cojudo por no ir a pegarle al "otro", que ahora si me podía considerar un cachudo con todas sus letras y que luego le agradecería por tamaña muestra de amistad.

A la mañana siguiente desperté derrotado, si techo para poder ver la luz del día, sin otros ánimos que los de agarrar la moto de papa e irme corriendo hasta Quistococha a botar en medio de la selva todos los recuerdos que me inyectaba su nombre, empero, solo atiné a sentarme en la cama y volver a llorar por enésima vez ya no por ella o por mi, simplemente llorar por la pérdida de aquel tesoro que pensé duraría la vida despierto a su lado, tesoro que habían osado quitarme y que habían cambiado por pasajeras caricias sin trasfondo y furtivos besos con sabor a mierda barata.

Ese tesoro que ahora sería solo mío, y mi selva ya no volvería a ser la misma.

12/19/2008

La Musa del calor

Pasaba sin mayor preocupación al sexto grado de primaria y de entrada me condenaron a asistir al turno vespertino, de mala gana acepté ir a clases en la tarde so pretexto de que me acortarían las horas para jugar y me mentalice para el cambio que suponía asistir al turno "mayor" del colegio.

Dejaba atrás la chiquillada y me preparaba para entrar al círculo de machos dominantes colegiales y debía verme como tal, hacer notar mi presencia desde las épocas primigenias de mi entrada a la puerta inevitable de la secundaria.

El colegio Amazónas lucia viejo por las lluvias, lucia aún de tres pisos y por dentro parecía un campo de batalla, donde los albañiles, so encargo de expandir las aulas, habían derribado muros y más muros.

Yo era feliz en medio de la ruina, y a pesar de querer pasar inadvertido, mi condición de primate primarioso, los profesores se encargaron de todo lo contrario.

Juntaron a quinto de secundaria con sexto de primaria, salones enjuntos, bulla de niños queriendo convertirse en adolescentes, bulla de adolescentes queriendo ya hacerla de adultos, todos coludidos bajo una sola insignia, la de la experimentación, la del mayor y menor grado que nuestros subconscientes podrían entender.

La ví saliendo de clases mientras yo tomaba alguna gaseosa para aplacar la brutal sed que la tarde charapa sabe proferir a quienes viven bajo su seno, la vi riéndose y haciendo chacota con sus compañeros de clases y simplemente me quede mirando como cuando un devoto mira al Señor de los Milagros y se queda pasmado.

Había descubierto a mi musa juvenil, había encontrado el nombre que le buscaba a mi poesía, había encontrado la cara que necesitaba descubrir en medio de tantas releidas a libros vetustos que mi abuela se encargó de regalarme, y es que la lectura aviva del deseo de descubrir y madurar a la fuerza, y yo había caído preso de aquella musa, de aquella musa de literatura.

Pasó el tiempo y tras fuerza de hacerme notar, tras fuerza de estar los salones juntos y tras fuerza de parecer el sobrino que toda tía apapacha y engríe, pues al final nos hicimos amigos, no se cómo, pero pasó.

Me saludaba casi siempre con un besote sonoro en cada mejilla y se reía de mis chistes tontos de primarioso, afanoso, caminábamos incidentalmente a la salida del colegio, me abrazaba mientras me contaba de sus cosas de mujeres, de que nadie la escuchaba y de que se sentía bien de que yo lo hiciera, lloraba en mi hombro infantil cuando a veces discutía con su mama y yo me sentía feliz y horondo de que aquella bella dama me tuviera en cuenta para aplacar sus dolores juveniles con este pechito.

Y ella no tenía enamorado, al menos eso parecía.

Y yo era feliz por que me consideraba ese enamorado que suponía ser.

Sin besos ardientes ni caricias escondidas, sin tactos cuerpo a cuerpos y sin siquiera palabras subidas de tono, nada de eso existía entre los dos, y es que mi idea escolarizada aún tenia la inocencia de lo que en el fondo consistía ser un enamorado de verdad, sentía que ella me daba cabida en sus sentimientos, y yo era feliz en ese paraíso fantasioso generado por mi trabajadora imaginación.

Siendo las seis de la tarde salía rumbo a mi casa, las puertas del colegio se abrían y dejaba que la estampida escolar tomara la calle aledaña y el pueblo estudiantil desparramara su alegría, propia de la muchachada de toda época escolar, al parecer caminaba sólo ya que había discutido con un buen amigo del salón, tenía una apuesta de Atari con el y se hacia el loco al momento de cancelar la afrenta y se había reído al decirme que me lo pagara ella, y salí caminando pausadamente sin prisa del colegio.

Caminaba ya un par de cuadras cuando vi a dos escolares secundariosos enfrascados en un beso atornillante, en un beso digno de una postal inocentona de colegio, en un beso expectorante por ratos, como cuando el dentista revisa las paredes internas de tu cerebelo y hace chistar tus dientes.

Era mi musa, mi musa con el que era su adonis del momento, vale decir, el enamorado en cuestión, aquel que se suponía debía ser yo, era algún tonto de su salón que le prodigaba los besos que yo debería andarle repartiendo a mansalva, era algún hijueputa que me estaba robando las caricias de sus labios que ahora debían saber tan saber a sabores celestiales.

Me quede parado como una estatua mirando tamaña muestra de afecto, me quede observando cómo es que se debe besar de verdad a una dama y como por donde deben ir la manos mientras aquello sucede.

Al parecer mi largirucha presencia se hizo notar ante los enamorados del momento y ambos me miraron y sonrieron al unísono, como burlándose de la mirada atónita que les regalaba en ese momento, mientras ella se ruborizaba y abrazaba al muchacho en cuestión. Instintivamente proseguí mi marcha hacia casa, ya sin mirar atrás, caminando ya sin pensar siquiera, ya sin respirar siquiera, ya sin tener ganas de lo más mínimo y sólo sintiendo como mis autómatas pies me llevaban por donde quisieran.

Torne mis sonrisas en hoscas miradas y acaso sonrisas furtivas en tono burlesco cuando ella ,por algún accidente de la naturaleza se me acercaba, el mundo como yo lo conocía hasta ese momento habíase tornado gris, a pesar de la gran maraña de calor que me torturaba diariamente en mi amada/odiada ciudad.

Terminó el año escolar y entre victorioso al círculo secundarioso, las hormonas iban en camino de activarse a modo de olla a presión y las ganas de redescubrir sentimientos salían a flor de piel, como cuando llueve por dentro y exudas emociones sin parar.

No volvimos a hablarnos más luego de aquel incidente en aquella calle, ella inteligentemente dejo de hablarme y fue lo mejor, ya que mi obcecada mente aún no entendía el tamaño y el significado de los sentimientos en ese momento, no entendía que el amor no se limitaba a ideas propias, fruto de lecturas ávidas de literatura momentánea, simplemente no entendía un carajo.

Caminando por la calle mucho tiempo después, sumergido en ideas propias del cotidiano día y de mis juveniles años aún, sentí la presión de una suave mano sobre mi antebrazo, presión suave y decidida a la vez, giré sobre mis pasos y me encontré de cara con su mirada escrutadora y afable, simplemente atiné a abrazarla fuertemente y a oler su inconfundible aroma a flores silvestres, mencione su nombre muchas veces y me reí quedamente, ella me sonrió en modo cielo abierto, con ese destello que emanaba siempre de sus ojos pequeños y me dio un besote en plena frente, me dijo que siempre se acordaba de mí, que como estaba yo? que si me iba bien ya en la secundaria?, que como estaba mi mama, que siempre se acordaba de aquel platillo que a mi mama le salía tan rico.

Yo ya no escuchaba nada, el tiempo se había detenido y solo miraba esos labios moverse, labios que nunca había podido besar, labios que me habían sido prohibidos por ser demasiado púber para probarlos, o simplemente porque ella me consideraba como el hermano menor que nunca había tenido.

Me abrazó y me dijo que se iría a vivir a Colombia con su enamorado de turno, y que se iba con el mejor de los regalos al haberme vuelto a ver después de tiempo, y que deseaba que yo encontrara la felicidad en su momento, y que no me apresurara por que era muchachillo aún y que ya me encamotaria en serio, como debería ser.

Y me quede con su promesa, todo llegaría en su momento, y ella siempre sería mi musa, el motivo de seguir leyendo y de seguir creyendo en algún sentimiento inocente, sentimiento inocente que no ha vuelto a ver la luz de algún sol.

De ningún sol.